lunes, 20 de mayo de 2013

... con Marcos Reina Segovia, Bibliotecario en el Bibliobús Municipal de Málaga.

Por cortesía de RecBib, que lo publicó en su Sección  "24 horas con..."

Marcos Reina Segovia
Mi nombre es Marcos Reina Segovia, tengo 40 años y soy el bibliotecario encargado del Bibliobús Municipal de la ciudad de Málaga desde hace ya casi diez años, con algunas interrupciones que me sirvieron para aprobar las oposiciones y además ejercer una grata labor docente como formador de auxiliares de biblioteca en nuestra provincia. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga, nunca he realizado las labores a las que me habilitaba esa titulación. Entusiasmado con mi tarea “bibliobusera”, soy miembro de ACLEBIM, asociación donde he encontrado la horma de mi zapato: la pasión por nuestro trabajo y la imaginación a raudales que necesitamos para seguir siendo los bibliotecarios más brillantes y divertidos del gremio, en mi modesta y a todas luces parcial opinión.
En un plano más personal me gustaría decir que, a pesar de tener una formación artística autodidacta, dedico mi tiempo libre (que es escaso, por otra parte) a dibujar, escribir, enseñar e investigar sobre tebeos, ilustración y narrativa gráfica. Estoy casado con Cristina, una chica estupenda y tengo un crío, Jorge, de un año y un mes igual de estupendo que su madre. Para acabar las presentaciones solo añadir que vivo, disfruto y sufro una ciudad antaño conocida como “Málaga, ciudad bravía, la de las mil tabernas y una sola librería”. La frase, literal entonces y metafórica en la actualidad, describe lo duro y apasionante que puede llegar a ser realizar nuestro trabajo por estos lares, al sur del sur.
El motivo de tanta presentación formal es poner sobre aviso al posible lector, ya que he sido invitado a contar cómo son mis 24 horas como bibliotecario móvil, así que sin más dilación: vamos a ello.
Un día de Benjamin FranklinLa imagen de la izquierda se muestra una jornada ordinaria en la vida de Benjamin Franklin. Como puede observarse, la rutina diaria del gran científico, inventor y político americano muestra a las claras como se las gastaban esos próceres de la Humanidad en el siglo XVIII, que lo mismo eran capaces de imaginar las gafas bifocales que redactar la declaración de Independencia de su país. Algo tendría que ver esta agenda para que el bueno de Ben acabara con su cara estampada en los billetes de 100 dolares.
No es mi objetivo acabar entregando mi retrato a la Real Fábrica de Moneda y Timbre, ni mucho menos inventar el pararrayos, pero si que me gustaría ser capaz de relatar mi jornada de una forma tan práctica, simple y provechosa como él. En ello estamos, si son ustedes, lectores, tan amables de seguir leyendo estas líneas. Y sin más dilación...
6:30 h.: El radio-despertador trina las señales horarias y el locutor me despierta contándome lo mal que está mi prima.
6:31 h.: Ya con los dos ojos abiertos y en plena oscuridad descubro que la prima en cuestión no es otra que la prima de riesgo, y en realidad se están glosando los últimos, catastróficos e interesados vaticinios de Goldman Sachs Group. Cierro de nuevo los ojos, respiro hondo y pienso:
“...¿sería posible tener dentro del bibliobús una estantería dedicada a un escritor o artista cada mes y que en ella pudiera incluir las lecturas, músicas e imágenes que quisiera, y que con toda libertad pudiese decorarla o expresarse a través de ella?. Sería como una pequeña exposición itinerante...bla,bla,bla...”
6:35 h.: intento no pensar en el bibliobús tan temprano. Miro a mi derecha y encuentro a Jorge y a Cristina roncando como lirones y con cierta sonrisa en sus caras. Ahora sí que estoy preparado para levantarme.
7:40 h.-11:00 h: Obviando detalles escasamente relevantes, trasladamos este relato directamente al portal de casa. Atrás quedan cuatro pisos sin ascensor, mi taller de dibujo, mis dos compañeros de cama preferidos, mi café con leche y mi pan con aceite. Y delante, ¿qué tengo por delante? la calle solitaria, un paseo agradable hasta la mesa del Bibliobús, en el Archivo Municipal (el vehículo está en la cochera pero tenemos sede fija en la Unidad Central de Bibliotecas, donde también se encuentra el depósito), y tres horas de trabajo administrativo que evito relatar aquí para dejar espacio a otras cuestiones mucho más interesantes. Como por ejemplo, otro pensamiento que me viene a la cabeza, ya enfrascado frente a la pantalla del ordenador:
“...Tengo que intentar hablar con la gente del Málaga Club de Fútbol. Seguro que al jeque que lo preside le entusiasma la idea de meter un bibliobús en el estadio antes del Málaga-Barça. También tengo que dejar de tener ideas locas y centrarme en la selección documental para el año que viene. Si no, seleccionarán por mí y por los usuarios y eso no es buena cosa...”
11:00 h.- 15:00 h.: Tras hacer tarjetas de usuario, contestar mails, mover cajas del depósito y demás tareas del mismo calado, acabo con la primera parte de mi jornada laboral y dan comienzo las horas en las que ejerzo de padre y amo de casa desde hace unos meses aunque uno lo sea ya full-time y para toda la vida. Cristina y yo nos turnamos haciendo equilibrismos sobre nuestros horarios y su jornada reducida. Tampoco voy a entrar en muchos detalles sobre estas horas. Solo decir que me carcajeo cuando pronuncio las palabras “conciliación familiar en España” y cuando oigo frases como: “Que bueno no trabajar y estar en casa, con lo fácil que es y lo agradecido”. Pienso en mi madre y en sus siete vástagos, vuelvo a respirar hondo y “a por ello”
Entre pucheros y papillas, pañales, algún que otro cómic, los dos móviles (uno personal y otro del bibliobús), abuelas que visitan al nieto, el cochecito, los cuatro pisos sin ascensor ya antes mencionados y un viaje en ciclomotor hasta la cochera del bibliobús termino mi mañana literalmente desfondado y pienso:
“...Madre mía, aún no he escrito el texto sobre mis 24 horas como bibliobusero. Soy un mal queda, como dicen ahora, y además no tengo excusa. Si me he tirado la mañana pensando en tonterías...”
15:00 h.- 20:30 h.: Este sería el nudo de la jornada. Donde se cuece lo importante de mi trabajo. El momento en el que aparece Miguel en este cuento. Él es el conductor, mi compañero, mi amigo y un gran pedazo del alma de nuestro bibliobús (el resto de dicha ánima lo proporciona la colección y falta el trocito que debía poner yo, pero me encargué de vendérselo al diablo para conseguir que nos dieran conexión a Internet en el vehículo. Funcionó, así que bien vendido está).
Hoy toca subir a Olías. Se trata de un barrio de montaña, así como suena. Tomamos una carretera hacia el monte, subimos unos 12 km., dejamos el mar azul a nuestra espalda y aparcamos en lo que parece un pueblecito serrano aunque en realidad consta como barrio y pertenece al término municipal. Así que en esta barriada disfrazada pasamos nuestra primera hora prestando libros y pelis a un puñado de chavales que nos visitan en algunos casos desde hace diez años.
Los que trabajamos en estos servicios sabemos de buena tinta que estos lugares semi-rurales son los más apropiados para crear lazos con los usuarios. Se trata de un número más o menos manejable, la lejanía de la urbe hace que el trato y las costumbres sean diferentes, relajadas. A veces me creo que soy Nuno Marçal y siento como él, que nos fundimos con nuestros visitantes, que lo mejor de este trabajo es poder conocer a personas tan simples como maravillosas, que ellos, los usuarios son el aliciente para que andemos rodando por el mundo cargados de libros. Aún da tiempo para tomar un café y charlar con los parroquianos que miran a Juan y Medio en la tele y se ríen con sorna cuando les ofrezco cambiar la televisión por una estantería llena de libros. Y en eso se va la hora mientras pienso:
“...pues con la audiencia tan brutal que tiene Juan y Medio en Andalucía, tengo que ponerme en contacto con alguien de Canal Sur y colarme en su programa para el aniversario del Bibliobús del año que viene. Que diez años no se cumplen todos los días, y este señor gusta por igual a pequeños y mayores, como el Bibliobús...”
Los trayectos entre paradas son los que dedicamos Miguel y yo a ponernos al día sobre cualquier cosa. Y como nos ponemos al día todos los días, pues de vez en cuando me deja dormitar como un becerro y no hacerle ni caso, en otras ocasiones ponemos música y comemos castañas. En algunas otras, las menos, discutimos sobre meteorología, y las más de la veces, miramos el horizonte en absoluto silencio, y pensamos cada uno en nuestras cosas, como por ejemplo:
“...que voy a hacer yo el día que se jubile Miguel, si hasta muchos críos piensan que somos padre e hijo. Es más, si hasta nos comportamos como padre e hijo...”
La siguiente parada es en Guadalmar. Se trata de una barriada junto al mar, cerca de Torremolinos, llena de maravillosas casitas y chalets, algún que otro edificio, muchas parejas jóvenes con niños y algunos jubilados. El estacionamiento es junto al cole de la zona y llegamos justo a la salida de las actividades extraescolares. Eso indica tres cosas: la primera, todos los papis y las mamis tienen prisa por irse a casa. La segunda, ningún niño tiene prisa alguna por irse del bibliobús, que suele venir cargado de música, marcapáginas, libros desplegables, caramelos, bromas y hasta un balón para jugar fuera. Y tercera, vamos a prestar más de 150 libros en una hora, se va a formar una cola tan larga como la del marsupilami y seguro que acabo con la cabeza loca de tantas fichas azules y amarillas que van a pasar por mis manos, ya que el préstamo on-line aún no está del todo implantado en algunas paradas.
No es mal panorama. Entre bromas y sonrisas, Lina recoge sus novelas (unas 10 al mes) y me enseña las últimas labores primorosas que ha hecho para sus nietos. Ale me obliga a poner un cd de un rapero de nombre indescifrable que dice que es tan grande como Freddie Mercury (los compara con toda la tranquilidad del mundo aunque no tengan nada que ver, ya que a él le gustan los dos) y vuelve a llevarse prestado “Los juegos del hambre” porque dice que no le cansa leerlo aunque sea por sexta vez. Laura y Alexandra llegan a última hora vestidas de futbolistas (bueno, de medio centro polivalente y delantera cazagoles según ellas) y traen una bolsa llena de libros que debe volver llena de otros libros por orden directa de su padre, que desde su coche nos saluda con guasa.
Y va cayendo el sol, y sigue el calorcito, y el bibliobús marcha como por rieles. Entre varios críos de 6 ó 7 años, tan voluntariosos como despiertos, una somera explicación de la CDU y mucho interés por ayudar, hemos colocado todos los libros en sus estanterías y hemos chocado las palmas con el ímpetu de jugadores de la NBA. Y me siento bien, más desfondado aún si cabe, pero bien.
La última de las zonas es Cortijo de Mazas. Esta cerca de la anterior y suele traernos a muchos usuarios mayores. Me gusta que sea así en la última de las paradas diarias. Tengo más tiempo para charlar con ellos. A veces noto la falta de conversación en el ánimo de algunos. Siento que el bibliobús les sirve para más de lo que me sirve a mí, y pienso:
“Cuando tengamos nuestro blog, les voy a pedir que escriban entradas contando todo lo que me cuentan a mí: La anecdota en la mili, como lo pasó de mal cuando se fue a trabajar a Suiza, lo que le gustaba leer a Zane Grey en sus turnos de noche, la solución final para el desempleo jamás imaginada pero que ella tiene en mente desde que era pequeña...Mil historias, mil formas de contarlas y sólo nosotros, un simple bibliobús y dos personas como palimpsesto de todo ello. No se deben perder esas historias, no se deben perder, no se deben perder...
20:30 h.:[transcripción literal de una conversación entre bibliobuseros]: ¡Migueeeeeel, apaga, que ya es horaaaa!. ¿Mañana que? Cortijo Alto, Colmenarejo, Castañetas, buen día, sí señor. Hoy nos hemos hinchado a prestar. Tira, tira, que pillamos caravana. ¿Cómo?, sí, ahí te he dejado la novela que me pidió tu hijo. ¿no tienes hambre? Yo no puedo más, me voy ha hincar el gazpachuelo que ha sobrao del mediodía. Pues claro que lo o cocino como me dijiste, si no de qué. Oye, has visto como hay mucho menos tráfico, se nota que es fin de mes. A propósito, ¿hemos cobrao?. Ay, qué bien, ya llegamos, deja, deja, ya terminamos de recoger mañana... Si total... Hasta luego. Coño, el casco, que me lo he dejado dentro, ooootra vez p'arriba. Y p'abajo. Y cuidao con la motito que Jorge me espera en casa con su sonrisa de bizcocho y sus manitas rechonchas. Y Cris, ay, mi Cris. Mis cuatro pisos sin ascensor y mi Cris.
21:00 h.- 23:00 h.: El día aún no ha terminado para un bibliobusero como yo. Aún queda un biberón, una buena charla con gazpachuelo de por medio, quince minutos de película que comenzamos a ver hace cuatro noches, tres llamadas telefónicas, una nana, una ducha, cincuenta besos, el portátil abierto sobre la mesa y diciéndome: no me olvides, tienes que escribir, tienes que escribir. Un bloc y un lápiz y una caricatura de Paul Auster, un tutorial sobre anatomía artística o como dibujar a Batman sin que parezca un tirillas. Y un pensamiento:
“Y si tunearamos el bibliobús en ese programa tan chulo de la MTV que convierte coches destartalados en estupendos y fardones bólidos. Si nos presentamos seguro que nos eligen, y lo pintarían de rojo metalizado, e instalarían unas estanterías aerodinámicas, y por supuesto sería un bibliobús inteligente con todo tipo de gadgets y … y...
Si han llegado hasta aquí, habrán comprobado que un día en mi vida no se parece en nada a la jornada cartesiana del Sr. Franklin. Es más, yo diría que parezco interesado en que no se asemeje ni por asomo a la misma. Pero, pensando un poco más, me gustaría que llegaran a la misma conclusión que yo. Me explico. Este buen hombre se planteaba qué iba a hacer de bueno al comienzo de la mañana y reflexionaba si lo había hecho al final del día. Yo no encuentro ocasión para hacer según que reflexiones pero cuando termina la jornada, cierro los ojos, beso a mis acompañantes de cama (sí, yo tampoco sé para que compramos la cuna) y me da por pensar, me doy cuenta de que he hecho bastantes cosas buenas, y sobre todo, que las he hecho casi sin darme cuenta, sin obligación, por inercia. Gracias al trabajo bibliotecario, gracias a los libros, a las carreteras y a la sonrisa de la gente.
EPÍLOGO (en sueños)
...
El locutor sigue hablando de mi prima, de pronto aparece ante mí un billete de 5 euros con la jeta de Miguel y mía impresas, como aquel billete de nosecuantas pesetas, los 122 escalones de la escalera de mi casa se convierten en un tobogán, el bibliobús pone el cerrojazo en una portería de fútbol vacunándola contra goles y crisis económicas y todo se disuelve en un profundo sueño lleno de libros, sonrisas y asfalto.
Hasta mañana

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